Sobre “El hombre robado”
Por Mariano Llinás
Publicado en www.malba.org.ar
Hagamos un ejercicio de imaginación: De alguna manera, aunque más no sea por unas horas, tenemos la oportunidad de conversar con uno de aquellos viajeros (generalmente ingleses o franceses) que aparecían cada tanto por Buenos Aires a lo largo de todo el siglo XIX, y que después de vivir allí una vida social intensísima durante meses o años y de desentrañar la vida política y cultural de la ciudad (o de creer desentrañarla, o de resignarse a no desentrañarla nunca, así de complejos y huidizos éramos), volvían a sus países de origen, retomaban sus costumbres civilizadas y, antes de morir, dejaban publicadas sus opiniones en forma de diario o de relato de viajes. Imaginemos que tenemos a ese viajero frente a nosotros; que ese viajero está en nuestra Buenos Aires; que puede ver nuestra Buenos Aires. ¿Qué diría? (No pensemos en un Cándido sorprendido por luces y ruidos, por rascacielos y automóviles. Pensemos en un viajero más cosmopolita, más sensato. Alguien que da por sentados esos cambios accesorios y se concentra en las cuestiones esenciales ) ¿Qué diría? ¿Qué vería? “¿Cambios? No veo demasiados” nos diría el viajero
“ Veo que han mezclado ustedes a sus vascos con gente de otras regiones. Hay muchos italianos, judíos y chinos. Eso siempre es saludable. ¡Ay de las ciudades cerradas como castillos medievales! Más allá de eso, no veo grandes novedades. Siguen, como todo español en el exilio, añorando un pasado idílico al cual algún día han de volver. Siguen debatiéndose entre Europa y América, como si ambas no les fueran fatalmente ajenas. La honestidad y el orden siguen sin ser su fuerte; la inteligencia, sí. Siguen siendo, para los demás, gente incómoda. No se preocupen. Siguen siendo los mismos.”
Sutilmente, el film “El hombre robado” ensaya este mismo experimento, propone un diálogo idéntico entre ambas ciudades. No pretende ser nuestro extravagante viajero cósmico, sino su callado y elegante interlocutor. Hemos visto, seguimos viendo, cientos de films sobre Buenos Aires: hemos obtenido Buenos Aires previsibles o Buenos Aires imposibles, hemos tenido visiones lúcidas pero particularísimas, hemos tenido visiones canallescas, hemos visto a tangueros y a piqueteros, hemos visto “Invasión” y hemos visto a Filippelli. Pero nadie, hasta ahora, nos había revelado que Buenos Aires también seguía siendo la Buenos Aires histórica, que la Buenos Aires apasionada del Siglo XIX estaba allí latente y desafiante, y que eran suficientes una cámara, unos jardines y un grupo de actrices para revelarla y devolvérnosla. Es un film que transcurre en museos, pero es el menos museístico de los films. Como su noble protagonista, asalta las vitrinas de la historia, se adueña de los objetos, los manipula, comercia con ellos, juega con ellos. Es lo opuesto de un visitante grave e indiferente que examina las cosas en exposición, es un voleur sensible y apasionado, un romántico. Como todo gran film absolutamente moderno, “El hombre robado” se vale de procedimientos nuevos para repensar y reinventar lo clásico; se vale del presente para iluminar la historia (Se vale de la historia para iluminar el presente,dirían otros). No es un film de añoranza, una celebración del anacronismo. Es un film en el que un presente vital y orgulloso reclama al pasado como parte de sí mismo. Alguna vez hubo en esta ciudad un dictador que se llamó Rosas, y hubo degüellos y humillaciones y silencio. Y hubo hombres que murieron por combatirlo, y hubo ejércitos y batallas para hacerle frente, y hubo, finalmente, un hombre de genio que se le impuso y que soñó un país en el que el otro fuera imposible. “Pues bien”, parece decir el film ”Esas cosas aún siguen siendo, esas cosas aún están vivas. Esas cosas también son mías”.“El hombre robado” es cualquier cosa menos un film histórico. Es un film en el que la historia es percibida como un espacio, como un paisaje.
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