El argumento de Quijote, reducida a su mínima expresión, esto es, el Quijote y Sancho viajando, el querer ver estas imágenes de ellos dos es la causa del proyecto, pero sólo la causa. La esencia esta en los detalles de la interpretación y en el significado simbólico de la suma de hechos aparentemente intranscendentes. La influencia de Yasujiro Ozu es muy importante en esta forma de trabajar y entender la belleza del cine. Precisamente para reforzar estos elementos se ha rechazado una vulgar modernización de la historia, como la elección de los pasajes más populares; aparecen solamente unas pocas escenas muy significativas a nivel poético, pero no a nivel argumental. Las demás son inventadas, o en todo caso libremente adaptadas de diferentes fuentes (El caballero de la carreta de Chrétien de Troyas, Tirant lo Blanc, los estudios históricos sobre la caballería de Martí de Riquer…) y buscan la intimidad y fascinación de una realidad puramente mental, la única importante es una película de Quijote. La tensión entre esta realidad mental y la cotidiana de los dos protagonistas es el motivo recurrente de la película, que todo lo penetra, hasta el punto de sustituir el mismo desarrollo narrativo. Y es de aquí, y de la original manera de traducir en imágenes esta tensión, donde surge el misterio y la poesía de la película, que a menudo recuerda la belleza “estática y latente” de la pintura clásica.
Este atmósfera casi mística, es también debido, en parte, a la originalidad interpretativa hiperrealista de los dos actores Lluis Carbó y Lluis Serrat. Ambos son actores no profesionales, desconocidos, como no profesionales eran todos los actores de Bresson. Emanno Olmi y la mayoría de Pasolini, tres directores estos que juntamente con Godard, Ozu y Dovzhenko, representan la inspiración de todo el imaginario cinematográfico del que se nutre este film y a los que en forma explicita se rinde homenaje en diferentes momentos del guión.