Crítica del diario Clarin
Por Pablo O. Scholz

Locos en Alabama
Lars von Trier analiza en "Manderlay" cómo puede funcionar la democracia en una sociedad llena de desigualdades.

En mi opinión, lo mejor es sacar todo a la luz." El pensamiento volcado en palabras de Grace, la (anti)heroína creada por Lars von Trier en su trilogía sobre los Estados Unidos, que comenzó con Dogville y prosigue con Manderlay , le resultará un boomerang, cuando los hechos y no las palabras le estallen en el rostro.

No hace falta haber visto la primera parte, con Nicole Kidman en el papel que ahora interpreta la más joven Bryce Dallas Howard, para comprender los esta dos de ánimo por los que Grace va fluctuando. No está de más recordar que es hija de un jefe mafioso, un gángster que por 1933 recorre el país con su hija, un abogado y sus maleantes, y que al llegar a la plantación de Manderlay, Alabama, su hija decidirá quedarse. Allí los habitantes de color viven en situación aberrante, como si la esclavitud no se hubiera abolido casi setenta años atrás. Y ella desea cambiar, mejorar sus vidas.

Como en Dogville , el director de Contra viento y marea deja que la impetuosa y bienintencionada Grace se pegue un porrazo contra la realidad. Decidida a enseñarles la democracia, con voto incluido, se quedará allí hasta la primera cosecha de algodón.

Von Trier es hábil a la hora de desenmascarar lo que estaba oculto, aquello que Grace junto con el espectador no intuye. La redención no pasa sólo por una necesidad del personaje protagónico. Von Trier analiza a la sociedad estadounidense, plantea una si tuación sin visos de cambios reales, un status quo preocupante, y hasta parece mofarse. ¿Puede alguien desear ser esclavo?

Pero Manderlay , que se proyecta en DVD, obedece la misma línea de pensamiento que, por caso, Los idiotas . Las apariencias engañan y nadie aquí tiene un solo rostro que ofrecer. Inclusive cuando Grace vive sus fantasías sexuales ("no hay democracia ni civilización en el sexo", dice un personaje) la desconexión con su discurso habla de un personaje adolescente en el cabal sentido del término.

Y como en Dogville , el escenario tiene el suelo pintado, pocos muebles y se escuchan onomatopeyas cuando alguien "golpea" el aire como si fuera una puerta. Esto, que podría distanciar, termina conformando un recurso estilístico que va muy por detrás de la trama. La cámara en mano es otro aporte para generar inquietud.

Si Howard lleva el peso del relato —polémico pero valiente—, es Isaach de Bankolé (Timothy) quien se lleva los aplausos como uno de los personajes que implican el gran cambio en la historia.

Párrafo aparte merecen los créditos finales, con fotos que ilustran la situación de la población negra en los Estados Unidos, con Young Americans , de David Bowie, como música de fondo. Gran película.

 
 
 
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