Crítica del diario La Nación
Por Diego Batlle

Von Trier, entre el cine y el teatro


"Manderlay" (Dinamarca, Suecia, Francia, Holanda, Inglaterra, Alemania/2005). Guión y dirección: Lars von Trier. Con Bryce Dallas Howard, Isaach de Bankolé, Danny Glover, Willem Dafoe, Jeremy Davies, Lauren Bacall, Chloë Sevigny, Jean-Marc Barr y Udo Kier. Fotografía: Anthony Dod Mantle. Música: Joachim Holbek. Edición: Molly Malene Stensgaard y Bodil Kjærhauge. Dirección de arte: Peter Grant. Producción hablada en inglés con subtítulos en castellano y presentada por 791cine en DVD (pantalla gigante) en Arteplex Belgrano, Cosmos y Microcine Godard (Hotel Elevage). Duración: 139 minutos. Calificación: para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: bueno

Al danés Lars von Trier le caben perfectamente las definiciones más opuestas y contradictorias. Puede vérselo como un director megalómano y caprichoso, falto de rigor y cegado por el cinismo y el didactismo de sus fábulas morales sobre las miserias, hipocresías y degradaciones de la sociedad estadounidense. Y, al mismo tiempo, es un artista de indudable talento, pletórico de ideas políticas, temáticas, estéticas, técnicas o dramáticas, y dueño de un estilo provocativo que jamás elude el debate más encarnizado.

"Manderlay", segunda entrega de su trilogía sobre los Estados Unidos (país al que jamás visitó), redobla la apuesta visual e ideológica de esa mirada sobre la explotación y el revanchismo que había entregado en "Dogville". Ya sin la heroína del relato anterior (Nicole Kidman partió horrorizada por los efectos que semejantes sátiras incendiarias podían tener sobre su carrera en Hollywood), Von Trier eligió ahora a la ascendente Bryce Dallas Howard.

Siempre en tiempos de la Gran Depresión, en esta segunda entrega, Grace abandona la zona de Colorado para sumergirse en una plantación algodonera del supuesto pueblo de Manderlay, en Alabama (los 139 minutos, de todas maneras, transcurren dentro del mismo galpón dominado por unos pocos elementos escenográficos y marcas en el piso de los estudios Zentropa que el propio Von Trier posee en Copenhague). Es el año 1933, pero allí todo parece suspendido en el tiempo: Mam (Lauren Bacall) maneja con mano dura una comunidad donde la esclavitud no ha sido abolida, con la ayuda de su eficiente capataz negro (Danny Glover), convencido de que sus pares aún no han evolucionado lo suficiente como para comprometerse y manejar de forma civilizada sus responsabilidades y libertades individuales.

Imágenes poderosas

La bienintencionada Grace, hija de un gángster (Willem Dafoe en reemplazo de James Caan), luchará por terminar con las injusticias e implementar prácticas democráticas, pero -una vez más- los abusos de poder y la sed de venganza harán tortuoso su derrotero.

Entre el melodrama sentencioso (nuevamente se escucha la voz patriarcal de John Hurt en la narración en off), la ironía no demasiado fina, su tendencia al sensacionalismo y la moraleja sádica (en un pasaje Grace debe ajusticiar a una anciana acusada de robar la comida destinada a un niño enfermo que muere de hambre), Von Trier juega a ser Dios con un espíritu demasiado adolescente y termina construyendo un nuevo experimento visual y dramático en el que el artificio y la bajada de línea alegórica ya resultan demasiado redundantes.

Sin embargo, más allá de sus excesos y sus arbitrariedades, de sus esquematismos y sus marcados desniveles, hay en "Manderlay" una apuesta enjundiosa y lúdica de experimentar con el cine y sus relaciones con el teatro (Von Trier es un consecuente seguidor de Bertolt Brecht), de ofrecer imágenes en muchos pasajes poderosas (nuevamente es notable el trabajo del fotógrafo inglés Anthony Dod Mantle, habitual colaborador de los directores daneses del movimiento Dogma 95) y de plantear en toda su dimensión y sin tapujos la crisis de los ideales democráticos norteamericanos. Buena

 
 
 
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