La Nación
ENCUENTRO CON MARTHA ARGERICH
Para quien ama la música y admira a Martha Argerich este documental supone una experiencia apasionante.
Un encuentro de cerca con la excepcional artista y una aproximación a sus pensamientos y sus sentimientos como tal, una oportunidad de curiosear en sus ensayos y de asistir a fragmentos de sus actuaciones -las más recientes o las que le dieron sus triunfos tempranos- y, sobre todo, la posibilidad de sentirse partícipe de una charla cordial, espontánea, sin ceremonias ni formalidades en la que Martha derrumba a puro encanto y franca simpatía su legendaria imagen de personaje misterioso, huidizo, casi inaccesible.
El gran mérito de Georges Gachot, el realizador suizo que se ha especializado en films sobre música clásica, es haber logrado superar las resistencias de la genial intérprete y generar la atmósfera confiable para que ella aceptara por primera vez sostener una conversación frente a una cámara y haber puesto su atención excluyente en la protagonista.
Lo que importa en el film es ver y oír a Martha Argerich, no los recursos formales: la cámara es el puente entre ella y los espectadores, un testigo discreto que se vuelve imperceptible y por ello doblemente admirable, que sabe descubrir en el expresivo rostro o en las manos de la artista, en las inflexiones de su voz o en la sonrisa apenas insinuada, en la mirada pensativa o en la risa franca todo aquello que completa sus frases tantas veces rematadas en puntos suspensivos.
Cierto es que la elaboración del documental demandó casi dos años de trabajo, pero es casi una proeza haber logrado extraer de una sola conversación de tres horas (sostenida dos años atrás entre un ensayo y un concierto en Heilbronn) material tan sustancioso como el que constituye el cuerpo central del film.
"Fue un verdadero momento de magia", evocó el realizador, sin temor al lugar común y sin exagerar, a juzgar por los resultados. No menos elogiable es el modo en que Gachot enlazó cada tramo de la entrevista con los segmentos musicales o con las imágenes captadas en nuestro país para integrarlos en una obra de notable fluidez e interés sin desmayos, inclusive para el público no demasiado familiarizado con la gran artista.
La fuerza del carisma
Con su generosidad, su sensibilidad, su inteligencia, su llaneza y su sentido del humor, Argerich es un personaje casi hipnótico. Aunque hay preguntas, ella es quien conduce la charla, que gira siempre sobre la música pero de la que se infiere un modo de concebir el arte y la vida. Va de la evocación -el impacto decisivo que le produjo a los 6 años escuchar el Concierto número 4 tocado por Claudio Arrau en el Colón; los años determinantes de la infancia; su maestro más influyente, Friedrich Gulda-; a las confidencias: sus miedos e inseguridades, la dura experiencia de la soledad, el recuerdo de la primera transgresión, cuando canceló un recital en Italia con la excusa de un dedo herido. Habla del trabajo -"hay que prepararse a un ciento cincuenta por ciento para lograr rendir a un sesenta"-; de la necesidad de encontrar siempre nuevos modos de abordar las mismas obras; de su vínculo "personal" con los compositores; de las partituras con las que se siente a sus anchas; del modo subliminal en que aprendió el tercer concierto de Prokofiev; del humor en la música, de Ravel, de Schumann...
La actitud es recatada; la sinceridad, arrolladora.
Actuaciones
Son abundantes los fragmentos dedicados al registro de sus actuaciones -una variedad que abarca desde los años adolescentes y que comprende obras de Dvorak, Beethoven, Lutoslavski, Piazzolla, Saint Sa‘ns, Chopin, Bach, Ravel o Prokofiev hasta el prolongado tramo consagrado a Schumann-: no hace falta decir que sobran en ellos los momentos de belleza estremecedora. Al film sólo puede hacérsele un reparo menor, y sobre todo inusual: los 72 minutos de proyección pasan demasiado rápido.
Fernando López (La Nación)
Nuestra opinión: muy buena