Crítica de Página 12
Por Luciano Monteagudo

Una pequeña utopía infantil
El director japonŽs recre— ficcionalmente una historia real: la de unos ni–os que vivieron solos en un departamento de Tokio por m‡s de seis meses. La mirada trasciende la mera denuncia social.



El espectador porte–o tuvo su primer contacto con el director japonŽs Hirokazu Kore-eda all‡ por 1999, cuando gan— la competencia del primer, ya lejano Bafici con su segundo largometraje, After Life. Y ahora, dos a–os despuŽs de haber sido premiada en Cannes, llega -œnicamente a dos salas de Buenos Aires, en dvd en pantalla ampliada- Nadie sabe, un film de una belleza muy singular, que confirma a Kore-eda como uno de los cineastas japoneses m‡s valiosos a la hora de trazar el mapa del nuevo cine asi‡tico.

Nacido en Tokio en 1962, Kore-eda pertenece aproximadamente a la misma generaci—n de Naomi Kawase y Kiyoshi Kurosawa (dos cineastas bien conocidos por los cinŽfilos locales a travŽs del Festival de Buenos Aires) y comenz— trabajando en el campo del documental, lo que explica en parte la inmediatez de registro y la naturalidad que supo extraer de sus actores no profesionales, un grupo de cuatro chicos entre 12 y 5 a–os. La historia de su pel’cula, a su vez, proviene de un hecho real, que conoci— a travŽs de los diarios ("Los chicos abandonados de Nishi-Sugamo" los llamaban en los titulares) y que le atrajo particularmente, hasta que decidi— recrearlo en una ficci—n: unos ni–os que vivieron absolutamente solos en un departamento de Tokio por m‡s de seis meses, sin que ningœn adulto reparara en su presencia. O en su ausencia.

Lo que plantea el film de Kore-eda va m‡s all‡ de la t’pica historia de la ni–ez abandonada. Hay algo en Nadie sabe que trasciende la mera denuncia social para poner el acento en cambio en una suerte de peque–a utop’a infantil, que el film transmite de una manera muy calma y, al mismo tiempo, muy poderosa. El director tampoco se ocupa de repartir culpas: la madre, por razones que la pel’cula se cuida muy bien de explicar, ha tenido sin duda una vida dif’cil y carga con cuatro hijos de distintos padres. Ninguno va al colegio y tres de ellos est‡n de polizones en un departamento cuyo propietario -como muchos en Tokio, segœn deja inferir la pel’cula- no estima demasiado a los ni–os, porque se supone que son ruidosos y molestan a los otros inquilinos. DespuŽs de varias ausencias prolongadas, la madre un d’a deja el departamento a cargo de Akira, el hijo mayor, aparentemente con la idea de formar otra pareja y de volver m‡s adelante a buscarlos. Pero los d’as pasan, las estaciones -siempre tan importantes en el concepci—n del tiempo que tienen los japoneses- van cambiando y los dos varones y las dos nenas deben arreglarse solos, sin la ayuda de nadie, salvo algunos pocos adolescentes, que llegan a conocer la situaci—n y no les parece que tenga algœn sentido pedir el auxilio de los adultos.

La falta de agua corriente, de gas, de electricidad, y aun de comida van dejando paulatinamente de ser un problema sin soluci—n. De una u otra manera, los chicos se las ingenian para sobrevivir y van formando lazos cada vez m‡s fuertes entre ellos. No reniegan del mundo exterior, pero s’ del mundo adulto, del que est‡n seguros que no tiene nada para ofrecerles, salvo una amable indiferencia. Lo notable del film de Kore-eda es la manera en que consigue narrar su historia, con una sensibilidad que no tiene nada de sentimentalismo o de sensibler’a, como si se hubiera dejado guiar en su tono -seco, lac—nico, preciso- por el de sus peque–os actores, que van madurando frente a la c‡mara, que los va esculpiendo en el tiempo. El film los ve crecer, asumir sus responsabilidades y organizarse -an‡rquica pero eficazmente- para resolver sus necesidades b‡sicas. Y en ese devenir (no exento de situaciones tr‡gicas) encuentra una poŽtica capaz de expresar otro mundo posible.

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