“TARNATION” en el Festival de Mar del Plata
Por Horacio Bernades

La familia es un infierno eterno
La ópera prima del estadounidense Jonathan Caouette es uno de los films más íntimos y desesperados que puedan concebirse.

Jonathan Caouette expone su personalidad dividida

La familia como campo de batalla, como fuente de lo raro o lo siniestro, como causa perdida, como infierno. Y hasta, quizá, como paraíso a conquistar. Como si fueran las esquirlas de un estallido, todas estas cuestiones se esparcen a través de varias de las películas más interesantes que exhibe por estos días el 20º Festival de Mar del Plata en sus distintas secciones, poniéndose en sintonía con el mundo. Como no podía ser de otro modo, en todas estas películas este carácter problemático no es simplemente expuesto desde lo temático, sino que toma cuerpo en la propia forma cinematográfica.

La película que encabeza el lote de lo disfuncional no podía ser otra que Tarnation, ópera prima del estadounidense Jonathan Caouette, que se exhibe en la sección Ventana Documental. Su liderazgo se sostiene en el coraje, compromiso e infrecuente creatividad que su realizador pone en juego, hasta el punto de dar la sensación de que está reinventando el cine mismo, como forma de dar cuenta del caos. Elegida por los críticos de su país como una de las mejores películas estadounidenses del 2004, si hubiera que buscarle un género a este film que es pura heterodoxia, ese género sería la autobiografía cinematográfica. El modo de narrarla es apelando al “cortado y pegado” de los programas de computación como una suerte de hiperherramienta cinematográfica.

Más que un simple documental en primera persona, lo que emprende Caouette es una entera recopilación de la historia familiar, apelando a todo tipo de materiales preexistentes, desde las propias filmaciones de su infancia (con una camarita de súper-8) hasta lo grabado en video, en tiempo presente. La historia de los Caouette –que el realizador narra a partir del casamiento de sus abuelos, a comienzos de los ’50– parecería hecha para el melodrama más desenfrenado y excesivo. Ese melodrama tiene una heroína perfecta, la madre del realizador, que desde el momento en que sufre un estúpido accidente doméstico, en la preadolescencia, inicia una debacle que no tiene fin. Diagnósticos errados, brutalidades médicas y un descuido familiar rayano en el daño liso y llano dan por resultado que la que supo ser una niña aparentemente perfecta termine desvariando en cámara, como consecuencia de años de electroshocks, abandonos, desgracias, abusos de todo tipo y cantidades de drogas mal recetadas o autoaplicadas, hasta terminar convirtiendo su cerebro en algo parecido a una licuadora Sprayette.

Lo que hace de Tarnation uno de los grandes hallazgos del cine reciente es no sólo el lugar que Caouette elige para narrarla, desde una primera persona absoluta (que en realidad es tercera, porque el hombre sufre de un trastorno diagnosticado como despersonalización) sino además que el realizador parece haber elegido la forma ideal para contarla. En efecto, el collage, la fragmentación, el carácter de work in progress siempre al borde de la autoaniquilación, no son otra cosa que la más pura expresión del desorden familiar y personal. El resultado es una de las películas más íntimas, viscerales, tiernas y desesperadas que puedan concebirse.

 
 
 
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