Entrevista
a Volker Schlöndorff
Ámbito Financiero
Por
Paraná Sendrós
Un héroe
olvidado, un film marginado

A
veces el gran público y los jurados
se ponen de acuerdo, lástima
que para mal. Así, desde hace
dos semanas el público apenas
registró el estreno del excelente
drama alemán «El noveno
día», coincidiendo sin
saberlo con los jurados del festival
marplatense de este año, que
no le dieron ni una mención,
y eso que para los demás concurrentes
era una de las mejores de todo el festival.
Se amargó un poco el director
Volker Schlöndorff, el mismo de
«El tambor», presente en
Mar del Plata, pero en cambio recibió
tantas muestras de afecto y admiración,
que terminó resultando el «ganador
moral» del encuentro. De entonces
data esta charla con él:
Periodista:
¿Es cierto que ésta es
su respuestaa la obra teatral «El
vicario», llevada al cine con
el título de «Amén»
por Costa-Gavras?
Volker
Schlöndorff: El autor de esa obra
me persiguió por años
para que yo la filmara. Me alegré
muchísimo cuando la tomó
Costa-Gavras. Francamente, no es mi
clase de cine.Yo no estoy por películas
a favor o en contra de nada, sea el
Papa o lo que sea, y en este caso ya
había una posición decididamente
tomada contra el modo en que actuó
Pio XII durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero no respondo a esa obra, sino a
mi propio interés. Me interesa
ver cómo una persona llega a
una decisión.
P.:
Que, sin embargo, se relaciona bastante
con ese tema.
V.S.:
La historia se basa en un episodio de
la vida del padre Jean Bernard, un cura
del pequeño Estado de Luxemburgo
cuyo obispo supo enfrentarse al nazismo.
Por oponerse al racismo de los nazis,
el padre Bernard fue llevado prisionero
al campo de concentración de
Dachau, donde ya había muchos
otros sacerdotes. Casi la mitad de los
religiosos presos murieron en esos campos.
Pero, curiosamente, a él le dieron
una «licencia» de nueve
días para volver a Luxemburgo.
Se sabe que allí habló
con el obispo, y con un lugarteniente
de la Gestapo. Pero en el diario que
llevaba, apenas dedica media página
a los siete días que logró
estar en su ciudad. Menciona esos dos
encuentros, pero no dice de qué
hablaron ni qué se dijeron. El
resto del diario habla de sus días
en el campo.
P.:
Y usted imaginó lo que hablaron.
V.S.:
Imaginamos qué clase de diálogos
pudo haber tenido con un superior que
rechaza el «diálogo»
con el poder, pero comprende las complejas
responsabilidades de la Iglesia para
defender sus principios sin arriesgar
la vida de sus fieles, que podían
ser víctimas de bárbaras
represalias. Y con un ex seminarista
que a punto de consagrarse prefirió
cambiar de fe y pasarse al nazismo.
Hablamos de eso. Es una película
que trata de la fe y la decencia. La
misma historia pudo ocurrir bajo la
Inquisición, o puede ocurrir
en el futuro en los EE.UU. Lo que me
interesa es ver cómo alguien
llega a tomar una decisión cuando
se pone a prueba su fe. Antes de decidirse
nuestro personaje consulta con varias
personas. Hasta lo consulta con Dios.
Y confirma que la respuesta se encuentra
en su propia conciencia. Lo notable,
es que podamos ver todo ese proceso
de decisión. Ya sabemos que ni
él, ni su obispo, se podrán
comportar de otra manera. La pregunta
verdadera es: ¿tendré
la fuerza necesaria para sostener esta
decisión?
P.:
Bernard fue un héroe digno de
ser recordado. ¿Pero por qué
usted lo llama por otro nombre?
V.S.:
Le cambié el nombre, simplemente
porque descreo de las películas
que dicen «Esta es una historia
real». No confío en los
docudramas. Prefiero sincerarme y decir
«Esta es una ficción, si
se quiere inspirada en una historia
real». Prefiero crear un personaje,
no recrearlo. Si no lo conocí,
no tenía sentido decir que lo
recreaba.Aunque pienso que lo conocí,
pero muy fugazmente.
P.:
¿Cómo es eso?
V.S.:
Bernard salió de Dachau en agosto
de 1945. Ya recuperado, en 1947 fue
nombrado presidente de la OCIC, la Oficina
Católica Internacional de Cine,
cargo que mantuvo hasta 1972. También
integró la comisión preparatoria
de Medios, para el Concilio Vaticano
II. En 1969 tuvo algunos problemas con
el Vaticano, cuando la OCIC premió
la película «Teorema»,
de Pier Paolo Pasolini. Murió
creo que hace unos diez años.
P.:
Entiendo que les debe su oficio a otros
curas heroicos.
V.S.:
A los 15 años quise estudiar
francés, y enganché en
un colegio religioso cerca de Paris.
Recuerdo que ahí vimos «La
Pasión de Juana de Arco»,
de Dreyer. Quedé muy impresionado
por la fuerte fe de esa mujer. Hablamos
sobre eso con los hermanos religiosos.
Algunos de ellos tenían esa fuerza.
Algunos incluso habían estado
en la Resistencia, aunque no por ello
se sentían héroes puestos
a prueba. Dicen que la fe es un misterio.
También vimos el documental «Noche
y niebla», de Alain Resnais, sobre
los campos de concentración.
Yo era el único alemán
de la clase, y todos me preguntaban
cómo fue posible que hubiera
pasado semejante cosa. Esta pregunta
alimentó mi trabajo todos estos
años. Ellos fueron quienes, viendo
mis inquietudes, me aconsejaron poner
mi pasión en el cine. «No
necesitas ser lo que tus padres quieren
que seas»,me dijeron. Por eso,
cuando leí el guión de
«El noveno día»,
me dije «yo conocí gente
como ésta». Y sabía
que debía hacer esta película,
a modo de devolución por lo que
ellos me dieron.
P.:
A las monjas, en cambio, casi les toma
el pelo.
V.S.:
¿Se refiere a una escena de «El
tambor», que se hizo famosa aunque
al final no la pusimos? Era una escena
onírica, donde varias monjas
se elevan con sus paraguas. Pensamos
que recordaría la ascensión
de los inocentes al cielo. Pero después
la dejamos afuera, porque todas juntas
parecían una bandada de Mary
Poppins.
P.:
Ultima pregunta: ¿es cierto que
como protagonistade esa película
había pensado en un enano?
V.S.:
Si, pero un productor me paró
en seco: «¿Para qué
querés un enano, si después
los enanos no van al cine? ¿El
objetivo es crear una audiencia de enanos?»
Habíamos encontrado un chico
de 14 años que parecía
de 10. La cámara lo amaba, era
buen actor, los padres estaban contentos,
firmamos contrato. Pero apenas comenzamos
el rodaje, los padres compraron la novela,
la leyeron, y se nos vinieron encima.
Por eso quise buscar un enano.
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